Autor: Imre Kertész
Título: Sin destino
Editorial: Acantilado
Año: 2011
No tengo por costumbre leer libros de autores premiados; al menos, no me guío por ese criterio para escoger lecturas (salvo excepciones: Goncourt, algunos Nobel o Cervantes. Me acerco a ellos, sí, cuando hay otros elementos de juicio en juego. En este caso, al tratarse de un autor desconocido y, sobre todo, por el asunto tratado por la novela: la vida de un adolescente en varios campos de concentración.
Quería comprobar si este libro me aportaba una perspectiva del Holocausto semejante a la de otras obras literarias y películas, en especial el texto inolvidable de Primo Levi Si esto es un hombre, que logró conmoverme y emocionarme. El resultado es que el libro de KertÉsz me dio una visión distinta del asunto: más distanciada, incluso fría, e integrada dentro de una visión filosófica de la vida en general.
Es imposible resumir en unas líneas cuanto encierran las 263 páginas de este texto, que podemos considerar, a pesar de la temática y el personaje, como una novela intelectual, abstyracta, centrada en desentrañar cuestiones fundamentales de orden existencial, racial e incluso político.
En síntesis, digamos que que esta obra cuenta en primera persona las experiencias de un adolescente judío de nacionalidad húngara que ve primero cómo su padre es llevado a un campo de trabajo y después cómo él mismo corre la misma suerte. Pasa por diversos campos hasta que, debido a la dureza de los trabajos, cae herido y recibe cuidados en un hospital. Justo cuando está a punto de curarse se produce el desenlace de la guerra y él, junto a otros muchos, vuelve a su casa, pero en ella ya no vive su familia, pues su padre ha muerto.
A partir de este argumento, me interesa destacar tres cuestiones, entre otras posibles, porque son las que, por diversos motivos, me han llamado más la atención. La primera sería el narrador-personaje y su peculiar manera de contar lo que le pasa: primero sospechamos –y quizá sea cuerto– que es un inocente que no se da cuenta de la gravedad de lo que ocurre a su alrededor: no le da una importancia excesiva a la marcha de su padre, y cuando él mismo se va cree que lo llevan para trabajar y que no está preso como otros. Poco a poco, sin embargo, toma conciencia de la realidad, pero nunca le da excesiva importancia. Finalmente sospechamos que no es inocencia, sino frialdad, distanciamiento naativo. Corrobora esta idea la discusión que tiene con una amiga al comienzo de la novela en torno al tema de la identidad de lo judío. Cuando, al final, tiene otra discusión con sus vecinos a propósito de la idea del destino y de la imposibilidad de comenzar una nueva vida, confirmamos que no ha habido evolución en el personaje y que quien realmente habla por su boca es el propio autor. Creo, por tanto, que la construcción del personaje o, mejor dicho, el tipo de narrador utilizado es inconveniente (lo cual no quiere decir que la novela no sea interesante ni rica ideológica y estéticamente). Es bastante inverosímil que un crío de quince años pueda desarrollar esa capacidad de pensamiento y que pueda vivir su vida sin emociones y reaccionando con naturalidad y serenidad a todo lo que le ocurre.
Pese a ello, la perspectiva del autor es totalmente válida. Y ello nos lleva al segundo aspecto destacable: el ideológico, el pensamiento que emana d esta obra y la forma de presentarlo. Al lector le queda, sobre todo, una idea de gran calado: es posible acostumbrarse al horror. Cuando el protagonista es liberado y vuelve a su país todo el mundo quiere que le cuente toda esa violencia, ese horror indescriptible; sin embargo, él no ha percibido nada de eso, puesto que, estando en el campo de concentración, ha estado en otro mundo que tiene sus propias leyes y donde hay que aprender a vivir con nuevos códigos. No se puede explicar la experiencia del Holocausto desde una perspectiva externa, pues son dos mundos que no resisten comparación. Cuando se entra en el mundo del campo todo se relativiza: la comida, la comodidad, el trabajo, la muerte. Por eso al protagonista le parece agradable –o, al menos, no rechazable– gran parte de lo que le ocurre. Los lectores no podemos comprender del todo esa percepción porque, por suerte, nunca hemos estado en uno de esos campos, y el análisis político que podemos hacer, lleno de palabras indignadas, está muy alejado de la concreta experiencia de los presos.
De todo ello se deduce que esta es una novela más existencial, individual, personal que social o colectiva, lo que tiene que ver con la práctica inexistencia de referentes histórucis externos. No se habla en absoluto de la guerra ni de la ideología que la motiva. No se hace una denuncia explícita del rcismo ni del nazismo. Todo se circunscribe a la experiencia individual de un personaje cuyas motivaciones e intereses ya se han comentado.
Lo que sí hay –y cpn esto entramos en otro elemento temático de interés– es un análisis genérico, abstraco, filosófico de ciertas problemáticas sociales: por ejemplo, el problema racial llevado al terreno de la identidad. Me pareció entender un rechazo claro de los presupuestos nacionalistas, separadores, una relativización de las diferencias entre los individuos. La idea de que lo importante es lo de fuera (la estrella, el triángulo) y no lo de dentro (la supuesta esencia racial o sanguínea) se opone claramente a las tesis básicas: viene a decirnos que no hay diferencias de esencia, sino de existencia entre los seres humanos. No hay un determinismo, un destino, sino un ir haciéndose cada día, dando pasos. Y con ello volvemos al tema filosófico fundamental de la novela: la vieja discusión o dialéctica entre destino (o predestinación) y libertad (libre albedrío, en términos cristianos). Para el protagonista –para el autor–, la idea de destino es inoperante: la vida consiste en conducirse dentro de un contexto y sobreviviendo a él a través de las decisiones individuales, esto es, ejerciendo la propia libertad, adoptando las soluciones pertinentes sin pensar en un destino (porque si pensásemos en él, no tendría sentido tomar decisión alguna).
De lo cual resulta que la novela, en cierto modo y siempre en términos relativos, es optimista, aunque podróa ser que ese optimismo fuese irónico (“ya les hablaré otro día de la felicidad de los campos de concentración”). El extremado ascetismo estilístico, junto al desconocimiento de casi todo acerca del autor, me impiden precisar esta cuestión de la ironía, que podría invertir algunos de los fundamentos ideológicos de la novela.
Hay una última observación que quiero subrayar y se refiere al aspecto formal o estilístico. Antes he hablado de ascetismo. Se puede hablar de frialdad, de ausencia de pasión y de patetismo, de un distanciamiento objetivo sorprendente (repárese en cuántas veces el autor recurre a las comillas para reproducir supuestas frases textuales de diferentes personajes, sin añadirles comentario alguno). No cabe duda de que este es un recurso de estilo emparentado con todo cuanto hemos dicho del personaje y su perspectiva y, por tanto, es acertado estéticamente. Hay, con todo, un detalle poético que a cualquier lector le puede haber quedado grabado: la luz que producen las llamaradas de los hornos crematorios al anochecer (cuya actividad se suspende cuando hay bombardeos para evitar ser objetivo de un ataque aéreo). Esta ciudad iluminada con combustible humano creo que no precisa más comentarios.
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