Autor: Suso de Toro
Título: Trece badaladas
Editorial: Xerais
Año: 2002
Esta novela de Suso de Toro, al igual que otra narración del autor, Calzados Lola, es un relato sólido, compacto, de largo aliento narrativo y de sostenida intriga que logra interesar a muy diferentes tipos de lectores.
Puede leerse como una novela de género –novela de intriga policíaca, a ratos gótica o terrorífica–, pero al mismo tiempo se deja leer como una aportación cultural a todo ese entramado de leyendas, tradiciones y religiosidad que conocemos como mundo jacobeo.
Estas dos lecturas son complementarias, no excluyentes: el lector que busque entretenimiento puede quedarse con la primera (aunque necesitará unas claves básicas de la segunda para comprender el hilo argumental). El lector que busca más cosas se deleitará con la trama, que alcanza momentos climáticos muy destacables, pero entrará también en el mundo de la catedral, el apóstol el maestro Mateo y el Pórtico de la Gloria, las relaciones entre religiosidad y superstición, el papel de las creencias en el mundo de hoy, la progresiva secularización –esto habría que discutirlo– de la sociedad, el aprovechamiento de la modernidad en las tareas del creyente cristiano, etc.
Si seguimos este esquema de doble lectura y lo aplicamos a otros aspectos del libro, podríamos llegar a unas conclusiones:
a) Como novela gótica –y de intriga y misterio en general– lo más destacable es el logro, en algunos momentos del libro, de un clima especial: el uso de la lluvia como recurso estilístico recurrente provoca en el lector la sensación de un viaje en el tiempo o de una cierta desrealización de la experiencia cotidiana de los personajes. Ambas sensaciones son muy adecuadas para el tipo de trama que se nos presenta y funcionan muy bien porque el lector es llevado desde una experiencia y unos hechos cotidianos que identifica perfectamente hacia un mundo cuyo sentido último desconoce, sin que en ningún momento perciba que está leyendo una novela fantástica –porque no está leyendo una novela fantástica–.
b) Como novela de intriga policíaca, sin embargo, las piezas no están del todo soldadas: hay momentos en que la trama desfallece –momentos muertos en que parece que la historia se atranca. Y también hay cuestiones sin aclarar, como la referente a la Cofradía y el papel de Jacobe en ella.
c) Como novela moderna –novela siglo XX, experimental fragmentaria, que requiere del compromiso del lector para ser desentrañada totalmente–, encuentro dos cuestiones mejorables:
1)El recurso del manuscrito encontrado es innecesario porque el papel del editor se reduce a unas observaciones estéticas al principio de la obra –una especie de ejercicio de crítica literaria– y su perspectiva no se integra como una más en la aclaración de lo que ocurre.
2)No convence del toido que la novela se presente como un relato enteramente escrito por Celia, la protagonista. Esta actúa como personaje y como escritora, pero los narradores son varios. Me resulta inverosímil que esta mujer pueda actuar al mismo tiempo de esas dos maneras y que sea ella, al cabo, la que materialmente escribe los informes del cofrade, salvo que estos estén incluidos en la novela como documentos o que ella haya llegado a tener un trato íntimo con ese personaje, ambas cosas improbables y que, en todo caso, no se indican suficientemente. En definitiva, puede entenderse que un personaje sea personaje y narrador, pero no de igual manera que sea personaje y autor porque esto último presupone un salto en los niveles de ficción y resulta, al final, muy forzado y poco convincente.
d)Por último, y yendo al segundo nivel de lectura, como noivela intelectual funciona bastante bien y es verosímil, sobre todo porque está bien escogido el personaje principal y al propio tiempo autora ficticia de la novela (escritora que puede hablar muy bien y que tiene unas referencias culturales amplias, aunque en ocasiones el exceso digresivo ralentiza innecesariamente el ritmo). También es acertado el personaje del cofrade y el canónigo. Todos ellos, cada uno en su parcela y estilo, dan espesor a la obra y realizan una reflexión sobre la eterna lucha antiguos/modernos o pasado/presente. En este sentido, podemos interpretar la obra como la expresión de la agonía –en sentido unamuniano– de una ciudad simbólica (Santiago), que se debate entre lo que debe a su origen y lo que le deparará el futuro.
Mención aparte merece el personaje demoníaco de la obra, el maestro Mateo, que funciona en los dos niveles de lectura: él es, en gran parte, el origen, el pasado, la tradición, la piedra y nos habla, por tanto, de cultura, pero también funciona como personaje propiamente novelesco y típico de la novela gótica: el monstruo, la sombra, el individuo torturado que se venga de los demás. Me interesa destacar de él dos aspectos, uno estilístico y el otro ideológico: con respecto al primero, están muy logrados literariamente los párrafos que el autor pone en su boca. Tienen un lirismo elegíaco muy particular, aunque al principio no sepamos del todo cuál va a ser su función. Con respecto al segundo –y aquí podemos encontrar una segunda clave interpretativa y una conclusión–, está claro que el autor lo utiliza como instrumento de crítica contra la Iglesia y el clero. Mateo acusa a la jerarquía de falta de sensibilidad y reconocimiento –de carácter anticristiano, en una palabra– y en ello él ve un primer indicio de descomposición de la idea cristiana, algo que se comprueba nueve o diez siglos más tarde, justo en el momento histórico en que se desarrollan los hechos narrados–.
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